¿Y si los que alucinamos somos nosotros?

Si partimos del hecho de que las herramientas de IA generativa están entrenadas para encontrar razones plausibles para cualquier punto de vista, tanto si le pides que justifique los argumentos de un partido conservador, como de uno progresista, lo hará sin problema.

Lo cierto es que no son ni de izquierdas ni de derechas, pero según preguntes, pueden parecerlo.

El resultado no depende sólo del modelo: depende de ti, del contexto y del lenguaje con el que formulas la pregunta.

La IA no crea el sesgo – lo multiplica. Y esto nos hace, en parte, responsables de cada «error» que le atribuimos.

A medida que la utilizamos en campos cada vez más críticos, cuando la herramienta falla es inevitable preguntarse: ¿quién tiene la culpa?

Decimos que la IA se inventa cosas, pero quizás el problema es que, en parte, somos nosotros quienes le damos permiso para hacerlo.

La IA no tiene ideología, pero aprende la nuestra.

Y si no sabemos preguntar bien, acabamos dialogando con nuestro propio eco, amplificado por una máquina.

Nos reímos de si hay que decirle “hola”, “buenos días”, o “gracias”, pero haciéndolo – o no haciéndolo – le estamos dando pistas sobre cómo nos comunicamos, qué tono tenemos, quién es nuestra audiencia y qué efecto queremos provocar.

Si después no matizamos exactamente qué resultado queremos, lo utilizará igualmente.

Es esencial entender que la IA siempre es la misma, lo que cambia es la pregunta.

Como decía Jorge Wagensberg:

“Cambiar de respuesta es evolución.
Cambiar de pregunta es revolución».

Quizás la alfabetización digital del futuro no será saber programar, sino saber preguntar.

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